domingo, 15 de junio de 2008

El ser humano y la actividad física: los inicios

Las más primitivas formas de movimientos elementales que desarrolló en sus orígenes el hombre sobre la Tierra, representaron también sus primeros ejercicios físicos. En esas épocas remotas, la actividad física se relacio­naba sólo y exclusivamente con la supervivencia. Caminar, correr, saltar, trepar, lanzar y otros gestos básicos, obedecían a la necesidad natural que les impulsaba a conseguir lo imprescindible para sobrevivir.
El instinto de conser­vación de la especie y los movimientos que proponía condicionó el desarrollo del cuerpo humano para poder cumplir dife­rentes activida­des. Así el hombre fue modifican­do su aparato musculoesquelético para adoptar distintas posiciones y para realizar determinados movimientos vinculados a las tareas de su vida cotidiana: la persecución, la caza, la pesca, la recolección de frutos, la lucha cuerpo a cuerpo, entre muchas otras.
Eran ésas acciones que un entorno poco favorable obligaba a repetir constantemente. Más tarde, el desarrollo paulatino del homo sapien­s permitió la evolución, multiplicación y afinación de esos movimientos, buscando tareas más precisas que necesitaban de una mayor coordi­nación y del uso de segmentos del cuerpo más específicos, como las manos y sus dedos, por ejemplo, para trabajos manua­les artesanales.
Durante esos momentos perdidos en la prehistoria humana, el hombre preparaba su físico inconscientemente, ya que la propia repetición de esas actividades le proporcionaba la fuerza, la velocidad y la resistencia adecuada para realizarlas. Correr tras los animales en las sabanas o las laderas de las montañas; lanzar las piedras o lanzas, trepar por los árboles para alcanzar los nidos de las aves o pelear cuerpo a cuerpo contra otro hombre o animales salva­jes; desplazarse dentro del agua o nadar, no eran deportes que buscaran llenar el tiempo libre, tal como se consideran las activida­des físicas al final del siglo XX. Se trataba de imprescindibles activida­des vinculadas con la satisfacción de las necesidades elementales.

Desarrollo histórico
Junto con la evolución del hombre se transformó aquel acondicionamien­to físico prehistórico, primiti­vo e inconsciente. El punto de inflexión se produce cuando el ser humano comprende que la actividad física redunda en una mejora de su rendimiento para las acciones que realiza utilizando su cuerpo. Entiende que la repetición de los movimientos y la intensidad con que los realiza le proporcionan mayor fortaleza, mayor velocidad, más resistencia y más flexibilidad. Sin embargo no le interesan esos resultados en sí mismos sino porque suponen una mayor ventaja para imponerse en la competencia por el poder, en la lucha individual o colectiva contra otros pueblos y también en la cobertura de sus necesidades bási­cas, cada vez más ampliadas. Es enton­ces cuando comienza a utilizar el ejercicio físico para reali­za­r esas activi­dades con mayor eficacia.
Aproximadamente 3.000 años a. de C. ya se realizaba en Japón y China una especie de gimnasia sistematizada que escapaba a la actividad física propia de las necesidades diarias. Existen dibujos y grafías de esas épocas que lo testimonian. Incluso más tarde, en los pueblos de Medio Oriente y Asia (egipcios, caldeos, sirios, persas) se registran similares ejercicios físicos, ya vinculados con una especie de preparación para la guerra. Se trataba del desarrollo de técnicas primitivas pa­ra la lucha personal hombre a hombre.
En general la preocupación por ampliar el poder físico estaba relacionado íntima­mente con la defensa de los intereses de cada pueblo o su ambición de conquista. De modo que la preparación física consciente y más desarrollada pretendía contar con soldados más fuertes que los del ejército adversario.
Esta conducta se transforma en Grecia. La civilización helena, sobre todo la sociedad ateniense (la espartana seguía relacionando el acondi­cio­namiento físico con la preparación para la lucha) creó un culto al cuerpo, un ideal estético que se modelaba a través de la preparación física.
Los griegos engendraron una sociedad en la que el mundo intelectual tenía la misma importancia que el mundo corporal. Ambos conformaban la perso­na­li­dad y ambos debían ser desarrollados conjuntamente e incluso relacionados. Por este motivo las actividades física en Grecia estaban vinculadas a ciertas metas por adquirir ideales de perfec­ción y de belleza creados en la imaginación de sus filósofos y pensado­res. De manera que las prácticas físicas se impartieron en los colegios públicos y se crearon diversas actividades deportivas basadas en capacidades físicas básicas, como saltar, correr, lanzar­, etc. Así se difundió la organización de competencias en las que se practicaban todas esas actividades para buscar el mejor. Se distinguie­ron los juegos Nemeos, los Píticos y los Ístmicos, aunque los más famosos y cuya influencia marcó el camino del deporte hasta la actualidad fueron los desarrollados en la ciudad de Olimpia cada cuatro años: los Juegos Olímpicos. Su lema estaba basado en la meta de perfección física que perseguía el ideal de la cultura griega de entonces: más alto, más fuerte y más lejos. Objetivos de superación que obligaban a la preparación intensiva de los atletas. Para ello disponían de preparadores físicos que se ocupaban de esa tarea a través de métodos específi­cos y sofisticados. Los entrenado­res de los corre­do­res eran los xistarca; los de los luchado­res, los agonis­tiarca y los del resto de atletas se llamaban paido­triba.
La decadencia de la civilización griega fue sucedida por el dominio del Imperio Romano, cuya prácticas físicas estuvieron destinadas al entrenamiento para la lucha. Fue el antecedente que marcó el camino durante la larga Edad Media. Durante esta era, incluido el Renacimien­to, la preparación física adoptó la forma de juegos y compe­ticio­nes relacionadas con aspectos religiosos o el entrenamiento de las tropas militares para la guerra. Se denominaban torneos o justas. Según los pueblos y su desarrollo cultural se practicaron la lucha, la esgrima, juegos variados de pelota, equitación, ajedrez, tiro con arco o ballesta o carreras a pie o a caballo, entre otras activi­dades.

Juegos Olímpicos
Los primeros Juegos Olímpicos tuvieron lugar en el año 776 a. de C. en la ciudad griega de Olimpia. Tenían un carácter religioso y espiri­tual, no sólo deportivo. Se consagraban a sus dioses las bondades de la belleza y la fuerza humanas. Los juegos eran tan importantes que su celebración podía implicar una tregua si estaban en guerra dos ciuda­des o reinos. Los Juegos Olímpicos modernos se celebran desde 1896 por iniciativa del barón francés Pierre de Coubertin. Desde entonces y a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI se celebraron 29 ediciones (contando a Pekín 08). Sólo fueron inte­rrumpidos por la Primera y la Segunda Guerra Mundial los Juegos de 1916, 1940 y 1944.

Antecedentes modernos
La Revolu­ción Industrial, con origen en Gran Bretaña en el siglo XVIII, es el aconteci­miento histórico cuyos efectos modifican los conceptos de la prepara­ción física. En aquellos años el advenimiento del trabajo en talleres durante jornadas laborales prolongadas y duras, exigía esfuerzos de adaptación de los obreros.
La preparación física era un método desti­nado a obtener un mayor rendimiento físico de los trabajadores encar­gados de conducir las primeras máquinas industriales y de adaptarse a una nueva organización del trabajo.
El concepto de mayor rendimiento, de mejor acondicionamiento físico se traslada luego a las prácticas deportivas que comienzan a surgir, principalmente en el Reino Unido durante el siglo XIX. Las islas británicas son el punto de partida donde la práctica deportiva como juego y competencia en el que ya sea por enfrentamiento individual o por equipo existe una disputa respetando ciertas reglas. Así surgen los deportes modernos que se difundieron rápidamente por el mundo como el rugby, el fútbol, el tenis, el hockey, la natación, el golf, el atletismo, etc.

Resumen
Cuando el hombre surgió sobre la Tierra sus movimientos y acciones físicas tenían como único objetivo la supervivencia. Corría, trepa­ba, saltaba, lanzaba o agarraba, entre otros movimientos básicos, con la intención de perseguir sus presas de caza, recolectar frutos y plantas, pescar, luchar contra otros hombres o contra los animales. Era su manera de defenderse de un medio agresivo. No era consciente de que su acondicionamiento físico se producía como consecuencia de las propias actividades que desarrollaba.
Civilizaciones más avanza­das descubrieron la importancia de prepararse físicamente para la guerra, para ser más fuerte que el oponente. Mientras que otras sociedades lo vincularon a ideales de perfección y belleza como los griegos, cuya herencia olímpica llegó hasta nuestros días con mayor fuerza.
Los juegos, torneos y justas de la Edad Media rememoraron el uso de la preparación física para la batalla. Mientras que la Revolución Indus­trial que rápidamente se distribuyó desde Inglaterra hacia toda Europa en el siglo XVIII extendió la preparación física relacionándola al tema económico-productivo: los trabajadores de las fábricas debían estar bien preparados para soportar los rigores del trabajo y sus exigencias. En menos de un siglo, los primeros agobios de la cultura industriali­zante ocasionaron que la propia preparación física se extendiera con la forma de juegos recreativos que permitieran canalizar cierta agresividad contenida, que actuaran como una distracción tranquilizante durante el tiempo libre. Esos juegos fueron tomando mayor dimensión y dieron lugar a la semilla de los deportes que actualmente se formalizan con reglas muy puntuales nacidas en general a mediados del siglo XIX, en la mayor parte de los países. A partir de entonces la preparación física tuvo como objetivo el acondicionamiento general y la práctica deportiva.

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